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Eleanor era una mujer fría. Se dedicaba a recoger el arroz de las iglesias donde se había celebrado una boda. Cientos de botes rellenos de ese arroz decoraban su humilde casa. Ella, si te fijabas bien, llevaba impregnados en sus cabellos pelirrojos, diminutos granos de arroz de las veces que imitaba su propia boda y se lo lanzaba a si misma por encima.  Tímida y solitaria, pasaba las noches en su sillón contando granos de arroz. Con poca altura y grandes caderas, sus faldas sobresalían por allí donde iba. Nunca pasaba desapercibida. Era la coleccionista de arroz.

Eleanor era una mujer fría. Se dedicaba a recoger el arroz de las iglesias donde se había celebrado una boda. Cientos de botes rellenos de ese arroz decoraban su humilde casa. Ella, si te fijabas bien, llevaba impregnados en sus cabellos pelirrojos, diminutos granos de arroz de las veces que imitaba su propia boda y se lo lanzaba a si misma por encima.  Tímida y solitaria, pasaba las noches en su sillón contando granos de arroz. Con poca altura y grandes caderas, sus faldas sobresalían por allí donde iba. Nunca pasaba desapercibida. Era la coleccionista de arroz.

Caminas a través de un centenar de árboles recién plantados. A medida que das un paso, tus dedos se entrelazan con sus diminutas hojas. Sientes como una manada de cascabeles se cruza en tu camino para saludarte, todos a la vez. Sigues su melodía hasta topar con un olor a fruta, fruta dulce, tan madura que se pueden hasta sentir los gusanos que la intentan conquistar.  Un ácido escalofrío te hace sonreír al morder una flamante ciruela. Cae al suelo. Al recogerla, alguien te coge la mano, y entre carcajadas despampanantes os perdéis entre el centenar de árboles ya marchitos.

Caminas a través de un centenar de árboles recién plantados. A medida que das un paso, tus dedos se entrelazan con sus diminutas hojas. Sientes como una manada de cascabeles se cruza en tu camino para saludarte, todos a la vez. Sigues su melodía hasta topar con un olor a fruta, fruta dulce, tan madura que se pueden hasta sentir los gusanos que la intentan conquistar.  Un ácido escalofrío te hace sonreír al morder una flamante ciruela. Cae al suelo. Al recogerla, alguien te coge la mano, y entre carcajadas despampanantes os perdéis entre el centenar de árboles ya marchitos.

No estoy muy segura de saber con claridad cuál fue el día en que decidí dedicarme a la creatividad. No soy artista, de hecho, la pintura siempre se me ha dado fatal, no esculpo ni hago excelentes fotografías. No tengo ni la menor idea de que es el arte para la gente, pero sé lo que es para mi. El arte es nuestro día a día, la esencia de cada persona. Tu vida se puede convertir en arte si disfrutas en ella. Mi arte es crear. Y no lo decidí yo. El tiempo lo decidió por mi. Me gusta emocionarme y que se me pongan los pelos de punta, me gusta sentirme en la piel de mis protagonistas para dejar de ser yo por unos instantes. No recuerdo el día en que decidí dedicarme a emocionar a las personas, solamente sé que quiero que la gente sienta lo que siento yo. Ese es mi arte, mi saber hacer. El poder conocer tanto a alguien que pueda llegar a saber lo que le emociona. El arte es todo aquello que tu quieras que sea arte. Encuentra tu arte y disfrútalo.

No estoy muy segura de saber con claridad cuál fue el día en que decidí dedicarme a la creatividad. No soy artista, de hecho, la pintura siempre se me ha dado fatal, no esculpo ni hago excelentes fotografías. No tengo ni la menor idea de que es el arte para la gente, pero sé lo que es para mi. El arte es nuestro día a día, la esencia de cada persona. Tu vida se puede convertir en arte si disfrutas en ella. Mi arte es crear. Y no lo decidí yo. El tiempo lo decidió por mi. Me gusta emocionarme y que se me pongan los pelos de punta, me gusta sentirme en la piel de mis protagonistas para dejar de ser yo por unos instantes. No recuerdo el día en que decidí dedicarme a emocionar a las personas, solamente sé que quiero que la gente sienta lo que siento yo. Ese es mi arte, mi saber hacer. El poder conocer tanto a alguien que pueda llegar a saber lo que le emociona. El arte es todo aquello que tu quieras que sea arte. Encuentra tu arte y disfrútalo.

Un lunes cualquiera
 
Aprendí a vivir con ello. La ternuraque desprendía y, sobre todo, su amor por nosotras me convenció de que era una buena idea, que saldríamos adelante en tan solo unos meses. Marcos lo tenía muy claro, y me dije a mi misma que todo saldría bien. Él lo tenía todo controlado. Sufría por mi pequeña Michele, pero me dejaba más tranquila saber que ella nunca entraría en el cuarto de las lavadoras, era demasiado pequeña. Vigilaba la casa, recorría cada rincón para que nada pudiera cambiar, aún más, nuestras vidas. 
 
Pasaban los días, las semanas, los meses. Fueron pasando como instantes eternos. El miedo se desvanecía, las ganas por decir no y volver a empezar ya no tenían cabida en mis pensamientos. Lo único en lo que pensaba era en la gran sonrisa que ponía mi pequeña Michele cuando Marcos le traía sus juguetes favoritos. 
 
Todo era felicidad y facilidades. El caballo había cambiado nuestras vidas, sobre todo la mía. Era tan sencillo que había conseguido hacer desaparecer palabras como difícil o imposible. Marco se ocupaba del cuarto de las lavadoras, cosa que hacía que estuviera aún más tranquila, si tuviera que ocuparme yo, ya habríamos volado por los aires. 
 
Las cosas iban bien. Llegábamos de sobra a fin de mes, y hasta pude reducir mi horario laboral para poder estar más tiempo con mi pequeña. Marcos se pasaba el día entero metido en sus experimentos, mejor dicho, en nuestros experimentos. Me reconfortaba estar con mi pequeña, era lo que más quería en el mundo. 

Tom llamaba cada mañana a la puerta, a eso de las 8h.  Nuestro gran repartidor y amigo Tom, un tipo divertido que le recordaba cada mañana a Marcos el bonito jamón de pata negra que había conseguido, es decir, yo. Mucho de lo que habíamos conseguido era gracias a él, nos ayudaba con el negocio. Tom era un mexicano que tenía tres hijos y una mujer enferma. Necesitaba el dinero tanto como nosotros. 
 
Cada lunes, después de recoger a Michele de la escuela, nos perdíamos por el parque del retiro. Contábamos todos los tipos de flores y rosas que había, mientras nos comíamos un polo de lima limón. Corríamos por los caminos persiguiéndonos la una a la otra hasta que no aguantábamos más y nos dejábamos caer en la hierba, como dos sacos de patatas. Entonces imaginábamos como sería el día en el que pisaríamos por primera vez una playa.  La verdad, aunque fuera sólo para nosotras, el lunes era el mejor día de la semana. Después volvíamos al coche y tomábamos rumbo hacia nuestro querido hogar. Pero ese lunes 14 de abril todo comenzó torcido. Tom se había puesto enfermo. Llevaba varios días con gripe, así que no se pudo encargar del reparto en toda la semana. Fue una gran pérdida de dinero. Marcos se metió en el cuarto de las lavadoras y dijo que tenía que incrementar la producción para tener más dinero la semana siguiente. Confié en él y dejé que hiciera lo que creía. Michele no tenía muy buena cara, pero la llevé a la escuela porque yo llegaba tarde a trabajar. Era nuestro día, la tarde sería perfecta. Salí tarde de trabajar y me apresuré en ir a la escuela a recoger a Michele. Cuando llegué, la profesora me explicó que la pequeña había tenido unas décimas de fiebre; como no se encontraba bien, llamaron a casa y Marcos se acercó a recogerla. Me puse un poco nerviosa por mi pequeña. Marcos encerrado y ella sola por el apartamento. Decidí no preocuparme y volver a casa tranquilamente. En el trayecto mi coche empezó a fallar, el viejo polo llevaba años conmigo y justo hoy, tenía que ponerse a sacar humo por el capó. Un fuerte olor a quemado me puso aún más inquieta, así que decidí detener el coche; pisé el freno a fondo y llamé a la grúa para que viniera a recogerme. Todo estaba saliendo mal. La grúa me acercó al taller más cercano y, menos mal, no era nada grave; se había roto el manguito del radiador y por ese motivo al calentarse, salía humo por el capó. Me quedé más tranquila. Decidí llamar a un taxi para llegar antes a casa, ya que el coche no estaría disponible hasta mañana. Llamé a Marcos para ver si todo iba bien, pero el móvil no daba ninguna señal. Un minuto después recibí una llamada de un número desconocido. No solía coger los números que no conocía, así que dejé que sonara. Volví a llamar a Marcos. Ninguna señal. Intenté no preocuparme y pensé que se le habría acabado la batería. Todo iba bien, me decía a mi misma. 
 
Mi calle estaba cortada. La carretera estaba abarrotada de coches de policía y camiones de bomberos. Me asusté. No sabía que pensar. Bajé corriendo del taxi y elritmo de la noche comenzó a detenerse en cuanto vi que mi piso había sido el protagonista de toda esa  farándula. Todo se detuvo. Cada centímetro de mi piel se estremecía al pensar que quizás no podría volver a escuchar la voz de las dos personas que más quería. Las piernas me temblaban, pero aún así, no dudé y subí apresuradamente las escaleras en busca de mi pequeña. La policía me perseguía gritando que no podía estar ahí, pero yo no podía parar. En cuanto llegué, esas cuatro paredes que anteriormente dibujaban mi hogar, ahora eran lo más parecido a una mina abandonada, decorada con escombros y cenizas. 
 
Mi voz se paralizó. Mis piernas fallaron y no pude evitar chocarme contra el suelo. No quedaba nada a mi alrededor, nada que pudiera explicarme qué había ocurrido. Cómo había podido salir tarde de trabajar y que Tom se pusiera enfermo. Explicar como dejé que Marcos se apoderara de mi cuarto de las lavadoras y que Michele tuviera demasiados juguetes. No podía explicar de qué color eran las malditas flores y a qué sabía mi polo, porque mi pequeña se lo había llevado con ella y no volvería jamás. Entonces la vi, ahí estaba, la muñeca de mi Michele. Su Barbie veterinaria. Con la que imaginaba ser la doctora que salvaba la vida a todos los animales del mundo. La muñeca que la seguía a todas partes y que nadie podía mirar por si le hacíamos daño con la mirada. Una simple muñeca quemada. Esto es lo único que me queda de unos míseros meses de felicidad.

Un lunes cualquiera

 

Aprendí a vivir con ello. La ternuraque desprendía y, sobre todo, su amor por nosotras me convenció de que era una buena idea, que saldríamos adelante en tan solo unos meses. Marcos lo tenía muy claro, y me dije a mi misma que todo saldría bien. Él lo tenía todo controlado. Sufría por mi pequeña Michele, pero me dejaba más tranquila saber que ella nunca entraría en el cuarto de las lavadoras, era demasiado pequeña. Vigilaba la casa, recorría cada rincón para que nada pudiera cambiar, aún más, nuestras vidas.

 

Pasaban los días, las semanas, los meses. Fueron pasando como instantes eternos. El miedo se desvanecía, las ganas por decir no y volver a empezar ya no tenían cabida en mis pensamientos. Lo único en lo que pensaba era en la gran sonrisa que ponía mi pequeña Michele cuando Marcos le traía sus juguetes favoritos.

 

Todo era felicidad y facilidades. El caballo había cambiado nuestras vidas, sobre todo la mía. Era tan sencillo que había conseguido hacer desaparecer palabras como difícil o imposible. Marco se ocupaba del cuarto de las lavadoras, cosa que hacía que estuviera aún más tranquila, si tuviera que ocuparme yo, ya habríamos volado por los aires.

 

Las cosas iban bien. Llegábamos de sobra a fin de mes, y hasta pude reducir mi horario laboral para poder estar más tiempo con mi pequeña. Marcos se pasaba el día entero metido en sus experimentos, mejor dicho, en nuestros experimentos. Me reconfortaba estar con mi pequeña, era lo que más quería en el mundo.

Tom llamaba cada mañana a la puerta, a eso de las 8h.  Nuestro gran repartidor y amigo Tom, un tipo divertido que le recordaba cada mañana a Marcos el bonito jamón de pata negra que había conseguido, es decir, yo. Mucho de lo que habíamos conseguido era gracias a él, nos ayudaba con el negocio. Tom era un mexicano que tenía tres hijos y una mujer enferma. Necesitaba el dinero tanto como nosotros.

 

Cada lunes, después de recoger a Michele de la escuela, nos perdíamos por el parque del retiro. Contábamos todos los tipos de flores y rosas que había, mientras nos comíamos un polo de lima limón. Corríamos por los caminos persiguiéndonos la una a la otra hasta que no aguantábamos más y nos dejábamos caer en la hierba, como dos sacos de patatas. Entonces imaginábamos como sería el día en el que pisaríamos por primera vez una playa.  La verdad, aunque fuera sólo para nosotras, el lunes era el mejor día de la semana. Después volvíamos al coche y tomábamos rumbo hacia nuestro querido hogar. Pero ese lunes 14 de abril todo comenzó torcido. Tom se había puesto enfermo. Llevaba varios días con gripe, así que no se pudo encargar del reparto en toda la semana. Fue una gran pérdida de dinero. Marcos se metió en el cuarto de las lavadoras y dijo que tenía que incrementar la producción para tener más dinero la semana siguiente. Confié en él y dejé que hiciera lo que creía. Michele no tenía muy buena cara, pero la llevé a la escuela porque yo llegaba tarde a trabajar. Era nuestro día, la tarde sería perfecta. Salí tarde de trabajar y me apresuré en ir a la escuela a recoger a Michele. Cuando llegué, la profesora me explicó que la pequeña había tenido unas décimas de fiebre; como no se encontraba bien, llamaron a casa y Marcos se acercó a recogerla. Me puse un poco nerviosa por mi pequeña. Marcos encerrado y ella sola por el apartamento. Decidí no preocuparme y volver a casa tranquilamente. En el trayecto mi coche empezó a fallar, el viejo polo llevaba años conmigo y justo hoy, tenía que ponerse a sacar humo por el capó. Un fuerte olor a quemado me puso aún más inquieta, así que decidí detener el coche; pisé el freno a fondo y llamé a la grúa para que viniera a recogerme. Todo estaba saliendo mal. La grúa me acercó al taller más cercano y, menos mal, no era nada grave; se había roto el manguito del radiador y por ese motivo al calentarse, salía humo por el capó. Me quedé más tranquila. Decidí llamar a un taxi para llegar antes a casa, ya que el coche no estaría disponible hasta mañana. Llamé a Marcos para ver si todo iba bien, pero el móvil no daba ninguna señal. Un minuto después recibí una llamada de un número desconocido. No solía coger los números que no conocía, así que dejé que sonara. Volví a llamar a Marcos. Ninguna señal. Intenté no preocuparme y pensé que se le habría acabado la batería. Todo iba bien, me decía a mi misma.

 

Mi calle estaba cortada. La carretera estaba abarrotada de coches de policía y camiones de bomberos. Me asusté. No sabía que pensar. Bajé corriendo del taxi y elritmo de la noche comenzó a detenerse en cuanto vi que mi piso había sido el protagonista de toda esa  farándula. Todo se detuvo. Cada centímetro de mi piel se estremecía al pensar que quizás no podría volver a escuchar la voz de las dos personas que más quería. Las piernas me temblaban, pero aún así, no dudé y subí apresuradamente las escaleras en busca de mi pequeña. La policía me perseguía gritando que no podía estar ahí, pero yo no podía parar. En cuanto llegué, esas cuatro paredes que anteriormente dibujaban mi hogar, ahora eran lo más parecido a una mina abandonada, decorada con escombros y cenizas.

 

Mi voz se paralizó. Mis piernas fallaron y no pude evitar chocarme contra el suelo. No quedaba nada a mi alrededor, nada que pudiera explicarme qué había ocurrido. Cómo había podido salir tarde de trabajar y que Tom se pusiera enfermo. Explicar como dejé que Marcos se apoderara de mi cuarto de las lavadoras y que Michele tuviera demasiados juguetes. No podía explicar de qué color eran las malditas flores y a qué sabía mi polo, porque mi pequeña se lo había llevado con ella y no volvería jamás. Entonces la vi, ahí estaba, la muñeca de mi Michele. Su Barbie veterinaria. Con la que imaginaba ser la doctora que salvaba la vida a todos los animales del mundo. La muñeca que la seguía a todas partes y que nadie podía mirar por si le hacíamos daño con la mirada. Una simple muñeca quemada. Esto es lo único que me queda de unos míseros meses de felicidad.

James Franco: Smoking in the Boys BathroomKristen Bell: Road Rage  and Bad DrivingPaul Dano: Compulsive MasturbaterEllen Page: I  Wear Boys’ UnderwearMandy Moore: Singer of “Candy”Ryan Reynoles:  Sobbing UncontrollablyZooey Deschanel: Frozen YogurtScott  Speedman: ProstitutionJosh Harnett: Indecent Exposure Public  Drunkeness & Shamless AmbitionKeri Russell: Pregnant MouseketeerDJ  AM: Sneaker FetishMolly Shannon: Caffine Addict

James Franco: Smoking in the Boys Bathroom
Kristen Bell: Road Rage and Bad Driving
Paul Dano: Compulsive Masturbater
Ellen Page: I Wear Boys’ Underwear
Mandy Moore: Singer of “Candy”
Ryan Reynoles: Sobbing Uncontrollably
Zooey Deschanel: Frozen Yogurt
Scott Speedman: Prostitution
Josh Harnett: Indecent Exposure Public Drunkeness & Shamless Ambition
Keri Russell: Pregnant Mouseketeer
DJ AM: Sneaker Fetish
Molly Shannon: Caffine Addict

No sé muy bien cual fue el momento en que decidí tomar mis propias  decisiones. La verdad es que no creo que yo decidiera nada, sino que mis  padres se cansaron de dejarme post-it’s por todas partes para saber que  era lo que tenía que hacer, para no acabar cayendo en el terrible pozo  del que tanto nos habían hablado de niños. Las cosas no son tan  sencillas, y las decisiones aún son duras de pelar. ¿Y si en vez de  hablar de falta de madurez, estuviéramos hablando de falta de confianza?  Hay miles de personas que necesitan una segunda opinión para darse  cuenta que la suya es la adecuada o simplemente al revés, necesitan un  empujón para saber que esa falda verde ceñida que se acaba de probar es  la prenda de ropa que le hace el mejor culo de toda la tienda.
Hay  gente que siempre ha sabido muy bien lo que quería. Otras nos hemos ido  topando con ello a medida que íbamos preguntando.

No sé muy bien cual fue el momento en que decidí tomar mis propias decisiones. La verdad es que no creo que yo decidiera nada, sino que mis padres se cansaron de dejarme post-it’s por todas partes para saber que era lo que tenía que hacer, para no acabar cayendo en el terrible pozo del que tanto nos habían hablado de niños. Las cosas no son tan sencillas, y las decisiones aún son duras de pelar. ¿Y si en vez de hablar de falta de madurez, estuviéramos hablando de falta de confianza? Hay miles de personas que necesitan una segunda opinión para darse cuenta que la suya es la adecuada o simplemente al revés, necesitan un empujón para saber que esa falda verde ceñida que se acaba de probar es la prenda de ropa que le hace el mejor culo de toda la tienda.

Hay gente que siempre ha sabido muy bien lo que quería. Otras nos hemos ido topando con ello a medida que íbamos preguntando.

La notas musicales nos acompañan en cada paso, nos visten cada movimiento, nos envuelven cada mirada.La música congela los instantes, recuerda los momentos perdidos y las personas que han aparecido. La sinfonía de una canción rememora los instantes, pone la piel de gallina y te dibuja en una fábula de la que no quieres escapar. Hasta los silencios son melodía, son huellas de los instrumentos, retoques de la voz, momentos de invasión. La música es irracionalidad, es libertad, desenfreno, es ser tu mismo, es dejarse llevar.

La música es la alternativa que todo el mundo busca.

Un maravilloso paseo por lo alternativo.

La notas musicales nos acompañan en cada paso, nos visten cada movimiento, nos envuelven cada mirada.La música congela los instantes, recuerda los momentos perdidos y las personas que han aparecido. La sinfonía de una canción rememora los instantes, pone la piel de gallina y te dibuja en una fábula de la que no quieres escapar. Hasta los silencios son melodía, son huellas de los instrumentos, retoques de la voz, momentos de invasión. La música es irracionalidad, es libertad, desenfreno, es ser tu mismo, es dejarse llevar.

La música es la alternativa que todo el mundo busca.

Un maravilloso paseo por lo alternativo.

¿Sabemos bien cómo somos? En verdad no somos lo que los demás quieren que seamos. No podemos intentar ser alguien que no nos corresponde. No podemos evitar dejar ir ciertos gestos o sutiles palabras que ni nuestra mente es consciente de que existen, simplemente es nuestra persona la que decide cual es el momento idóneo para cada expresión, cada ironía y hasta cada broma. De la misma manera no podemos cruzarnos de brazos y esperar a que alguien deje de mencionar su escena favorita sólo porque nosotros la odiamos. La verdad nos hace humanos, y aceptarla aún más. Hay que saber mantenerse en la raya sin llegar a cruzarla, y medir tus palabras sin transportarte a otra persona. Como me decían cuando era pequeña, las cosas son así, y punto.  

¿Sabemos bien cómo somos? En verdad no somos lo que los demás quieren que seamos. No podemos intentar ser alguien que no nos corresponde. No podemos evitar dejar ir ciertos gestos o sutiles palabras que ni nuestra mente es consciente de que existen, simplemente es nuestra persona la que decide cual es el momento idóneo para cada expresión, cada ironía y hasta cada broma. De la misma manera no podemos cruzarnos de brazos y esperar a que alguien deje de mencionar su escena favorita sólo porque nosotros la odiamos. La verdad nos hace humanos, y aceptarla aún más. Hay que saber mantenerse en la raya sin llegar a cruzarla, y medir tus palabras sin transportarte a otra persona. Como me decían cuando era pequeña, las cosas son así, y punto.  

Te lo he dicho muchas veces.
Y cada día lo repito por si estás cerca y me puedes oír.
Hace tiempo que te siento.
No fue la primera palabra que me dedicaste, ni la bonita sonrisa que me enviaste por correo, simplemente fue tu esencia la que me secuestró.
Calles hartas de guirnaldas floreadas inundaban cada rincón de una fragancia a deseo, las radiantes pupilas de las personas me hablaban a voces con tu figura dibujada en ellas, hasta el vago roce de mis sábanas solitarias me recordaba lo mucho que necesitaban sentirte. No era solo yo la que te buscaba en cada película, hasta mis pendientes salían a explorar tu aroma. Y sigue siendo así, pero lo bueno es que ahora viajamos juntos. Ahora estás en mi sonrisa, en las caricias infinitas, en las huellas de mis dedos en tu piel, y hasta en el espejo al despertarme cada amanecer.
Nunca había entendido como alguien podía regalar el sol hasta que me topé con mi sol particular. El que me ilumina la mente, me estimula el vuelo y me engrandece las ganas de vivir, el que desenfunda mi caparazón y deja ir todas mis imperfecciones, el que amasa mi carácter y cierra mi caja de Pandora, el que definitivamente hace que sea un poco más feliz cada día.
Es un placer que hayas secuestrado mis palabras tímidas y mis caricias sin sentido para darles la forma de tu figura y es que no se pronunciar otro nombre que no sea el tuyo.

Te lo he dicho muchas veces.

Y cada día lo repito por si estás cerca y me puedes oír.

Hace tiempo que te siento.

No fue la primera palabra que me dedicaste, ni la bonita sonrisa que me enviaste por correo, simplemente fue tu esencia la que me secuestró.

Calles hartas de guirnaldas floreadas inundaban cada rincón de una fragancia a deseo, las radiantes pupilas de las personas me hablaban a voces con tu figura dibujada en ellas, hasta el vago roce de mis sábanas solitarias me recordaba lo mucho que necesitaban sentirte. No era solo yo la que te buscaba en cada película, hasta mis pendientes salían a explorar tu aroma. Y sigue siendo así, pero lo bueno es que ahora viajamos juntos. Ahora estás en mi sonrisa, en las caricias infinitas, en las huellas de mis dedos en tu piel, y hasta en el espejo al despertarme cada amanecer.

Nunca había entendido como alguien podía regalar el sol hasta que me topé con mi sol particular. El que me ilumina la mente, me estimula el vuelo y me engrandece las ganas de vivir, el que desenfunda mi caparazón y deja ir todas mis imperfecciones, el que amasa mi carácter y cierra mi caja de Pandora, el que definitivamente hace que sea un poco más feliz cada día.

Es un placer que hayas secuestrado mis palabras tímidas y mis caricias sin sentido para darles la forma de tu figura y es que no se pronunciar otro nombre que no sea el tuyo.

Las conversaciones de piratas nos hicieron salvajes y las miradas imperfectas trajeron la timidez a nuestros días. No sólo crecimos como si fuéramos una sola persona, sino que maldecimos al tiempo por ayudarnos a ir por caminos distintos. Aún veo de vez en cuando esos ojos perdonavidas por los rincones de este inmenso agujero, y el color verde sigue rodeando todas las paredes que me sujetan, pero sigue siendo difícil alcanzar ese aroma a retrato perfecto, esa obra de arte que habíamos dibujado entre las dos. Supongo que es como una de esas canciones que se pasean por tu cabeza cuando creías que ya la habías olvidado. Ese, quizás, es el único consuelo que me puede quedar de un cuento con un final sin acabar. Sin promesas ni princesas.

Las conversaciones de piratas nos hicieron salvajes y las miradas imperfectas trajeron la timidez a nuestros días. No sólo crecimos como si fuéramos una sola persona, sino que maldecimos al tiempo por ayudarnos a ir por caminos distintos. Aún veo de vez en cuando esos ojos perdonavidas por los rincones de este inmenso agujero, y el color verde sigue rodeando todas las paredes que me sujetan, pero sigue siendo difícil alcanzar ese aroma a retrato perfecto, esa obra de arte que habíamos dibujado entre las dos. Supongo que es como una de esas canciones que se pasean por tu cabeza cuando creías que ya la habías olvidado. Ese, quizás, es el único consuelo que me puede quedar de un cuento con un final sin acabar. Sin promesas ni princesas.