Te lo he dicho muchas veces.
Y cada día lo repito por si estás cerca y me puedes oír.
Hace tiempo que te siento.
No fue la primera palabra que me dedicaste, ni la bonita sonrisa que me enviaste por correo, simplemente fue tu esencia la que me secuestró.
Calles hartas de guirnaldas floreadas inundaban cada rincón de una fragancia a deseo, las radiantes pupilas de las personas me hablaban a voces con tu figura dibujada en ellas, hasta el vago roce de mis sábanas solitarias me recordaba lo mucho que necesitaban sentirte. No era solo yo la que te buscaba en cada película, hasta mis pendientes salían a explorar tu aroma. Y sigue siendo así, pero lo bueno es que ahora viajamos juntos. Ahora estás en mi sonrisa, en las caricias infinitas, en las huellas de mis dedos en tu piel, y hasta en el espejo al despertarme cada amanecer.
Nunca había entendido como alguien podía regalar el sol hasta que me topé con mi sol particular. El que me ilumina la mente, me estimula el vuelo y me engrandece las ganas de vivir, el que desenfunda mi caparazón y deja ir todas mis imperfecciones, el que amasa mi carácter y cierra mi caja de Pandora, el que definitivamente hace que sea un poco más feliz cada día.
Es un placer que hayas secuestrado mis palabras tímidas y mis caricias sin sentido para darles la forma de tu figura y es que no se pronunciar otro nombre que no sea el tuyo.