Un lunes cualquiera
Aprendí a vivir con ello. La ternuraque desprendía y, sobre todo, su amor por nosotras me convenció de que era una buena idea, que saldríamos adelante en tan solo unos meses. Marcos lo tenía muy claro, y me dije a mi misma que todo saldría bien. Él lo tenía todo controlado. Sufría por mi pequeña Michele, pero me dejaba más tranquila saber que ella nunca entraría en el cuarto de las lavadoras, era demasiado pequeña. Vigilaba la casa, recorría cada rincón para que nada pudiera cambiar, aún más, nuestras vidas.
Pasaban los días, las semanas, los meses. Fueron pasando como instantes eternos. El miedo se desvanecía, las ganas por decir no y volver a empezar ya no tenían cabida en mis pensamientos. Lo único en lo que pensaba era en la gran sonrisa que ponía mi pequeña Michele cuando Marcos le traía sus juguetes favoritos.
Todo era felicidad y facilidades. El caballo había cambiado nuestras vidas, sobre todo la mía. Era tan sencillo que había conseguido hacer desaparecer palabras como difícil o imposible. Marco se ocupaba del cuarto de las lavadoras, cosa que hacía que estuviera aún más tranquila, si tuviera que ocuparme yo, ya habríamos volado por los aires.
Las cosas iban bien. Llegábamos de sobra a fin de mes, y hasta pude reducir mi horario laboral para poder estar más tiempo con mi pequeña. Marcos se pasaba el día entero metido en sus experimentos, mejor dicho, en nuestros experimentos. Me reconfortaba estar con mi pequeña, era lo que más quería en el mundo.
Tom llamaba cada mañana a la puerta, a eso de las 8h. Nuestro gran repartidor y amigo Tom, un tipo divertido que le recordaba cada mañana a Marcos el bonito jamón de pata negra que había conseguido, es decir, yo. Mucho de lo que habíamos conseguido era gracias a él, nos ayudaba con el negocio. Tom era un mexicano que tenía tres hijos y una mujer enferma. Necesitaba el dinero tanto como nosotros.
Cada lunes, después de recoger a Michele de la escuela, nos perdíamos por el parque del retiro. Contábamos todos los tipos de flores y rosas que había, mientras nos comíamos un polo de lima limón. Corríamos por los caminos persiguiéndonos la una a la otra hasta que no aguantábamos más y nos dejábamos caer en la hierba, como dos sacos de patatas. Entonces imaginábamos como sería el día en el que pisaríamos por primera vez una playa. La verdad, aunque fuera sólo para nosotras, el lunes era el mejor día de la semana. Después volvíamos al coche y tomábamos rumbo hacia nuestro querido hogar. Pero ese lunes 14 de abril todo comenzó torcido. Tom se había puesto enfermo. Llevaba varios días con gripe, así que no se pudo encargar del reparto en toda la semana. Fue una gran pérdida de dinero. Marcos se metió en el cuarto de las lavadoras y dijo que tenía que incrementar la producción para tener más dinero la semana siguiente. Confié en él y dejé que hiciera lo que creía. Michele no tenía muy buena cara, pero la llevé a la escuela porque yo llegaba tarde a trabajar. Era nuestro día, la tarde sería perfecta. Salí tarde de trabajar y me apresuré en ir a la escuela a recoger a Michele. Cuando llegué, la profesora me explicó que la pequeña había tenido unas décimas de fiebre; como no se encontraba bien, llamaron a casa y Marcos se acercó a recogerla. Me puse un poco nerviosa por mi pequeña. Marcos encerrado y ella sola por el apartamento. Decidí no preocuparme y volver a casa tranquilamente. En el trayecto mi coche empezó a fallar, el viejo polo llevaba años conmigo y justo hoy, tenía que ponerse a sacar humo por el capó. Un fuerte olor a quemado me puso aún más inquieta, así que decidí detener el coche; pisé el freno a fondo y llamé a la grúa para que viniera a recogerme. Todo estaba saliendo mal. La grúa me acercó al taller más cercano y, menos mal, no era nada grave; se había roto el manguito del radiador y por ese motivo al calentarse, salía humo por el capó. Me quedé más tranquila. Decidí llamar a un taxi para llegar antes a casa, ya que el coche no estaría disponible hasta mañana. Llamé a Marcos para ver si todo iba bien, pero el móvil no daba ninguna señal. Un minuto después recibí una llamada de un número desconocido. No solía coger los números que no conocía, así que dejé que sonara. Volví a llamar a Marcos. Ninguna señal. Intenté no preocuparme y pensé que se le habría acabado la batería. Todo iba bien, me decía a mi misma.
Mi calle estaba cortada. La carretera estaba abarrotada de coches de policía y camiones de bomberos. Me asusté. No sabía que pensar. Bajé corriendo del taxi y elritmo de la noche comenzó a detenerse en cuanto vi que mi piso había sido el protagonista de toda esa farándula. Todo se detuvo. Cada centímetro de mi piel se estremecía al pensar que quizás no podría volver a escuchar la voz de las dos personas que más quería. Las piernas me temblaban, pero aún así, no dudé y subí apresuradamente las escaleras en busca de mi pequeña. La policía me perseguía gritando que no podía estar ahí, pero yo no podía parar. En cuanto llegué, esas cuatro paredes que anteriormente dibujaban mi hogar, ahora eran lo más parecido a una mina abandonada, decorada con escombros y cenizas.
Mi voz se paralizó. Mis piernas fallaron y no pude evitar chocarme contra el suelo. No quedaba nada a mi alrededor, nada que pudiera explicarme qué había ocurrido. Cómo había podido salir tarde de trabajar y que Tom se pusiera enfermo. Explicar como dejé que Marcos se apoderara de mi cuarto de las lavadoras y que Michele tuviera demasiados juguetes. No podía explicar de qué color eran las malditas flores y a qué sabía mi polo, porque mi pequeña se lo había llevado con ella y no volvería jamás. Entonces la vi, ahí estaba, la muñeca de mi Michele. Su Barbie veterinaria. Con la que imaginaba ser la doctora que salvaba la vida a todos los animales del mundo. La muñeca que la seguía a todas partes y que nadie podía mirar por si le hacíamos daño con la mirada. Una simple muñeca quemada. Esto es lo único que me queda de unos míseros meses de felicidad.